- Jue Mar 03, 2011 10:05 pm
#93856
En las cosas del fumar, he seguido siempre el imperativo categórico de la ética kantiana: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal”. Básicamente, uno da cigarros porque espera que igualmente se los den cuando encarte la situación.
Hasta que la vida te pone en situaciones difíciles. Por ejemplo, cuando algún amigo o conocido te cuenta, con sudores en la frente, que esta dejando de fumar pero siente en la sangre la llamada de la nicotina; y, cual yonki enmonao, te pide un cigarro como quien suplica que le saques “este puñal que me lo he clavado en la espalda sin querer, compradre. ¡Quitamelo, por favor!”. Tu, hombre compasivo, le acercas uno sintiendo que das agua a un moribundo extraviado en el desierto… Y después el menda, ya perdida la vergüenza y aprovechándose con descaro de tu generosidad, te pide otro mas; supongo que para recuperar el tiempo perdido… Y después otro. Entonces, piensas: -¡Joder con el hijo de la gran puta este, lo esta dejando y resulta que fuma mas que yo!
Son momentos eticamente tensos, en los que el edificio humanístico que gobierna tu vida se tambalea peligrosamente.
Ademas de estas experiencias reveladoras, uno no puede obviar ciertas circunstancias socioeconomicas. Gracias a la puta crisis y al encarecimiento continuo del tabaco, el numero de personas que lo están dejando o simplemente olvidan pasar por el estanco cuando corresponde esta aumentado vertiginosamente. Así que en los 10 minutos que dura un cigarro en tu boca mientras paseas por la calle, te han pedido tabaco como doscientas veces. Basta que salgas dos o tres veces por ahí para caer en la cuenta de que la mitad de la cajetilla que compras no te las fumas tu, sino tus congéneres, a los que tanto amas. Es entonces cuando decide uno pasarse la ética kantiana por el forro de los cojones y adoptar una actitud, llamemosla, conservadora.
Asi que a ti, varón postmoderno y metrosexual, urbanita adscrito a la moda de los espacios sin humo, adorador de la asepsia, carne de gimnasio y cremas para hombres; a ti que has decidido dejarlo poco a poco -lo cual significa que ya no compras pero pides cuando puedes- para cuidar tu salud, no te doy un cigarro. Ciertamente: estoy fumando y en mi bolsillo se nota el bulto de un paquete de tabaco, pero esta vacío. Lo llevo ahí unicamente para tirarlo en la primera papelera que encuentre para así mantener las calles limpias. Porque yo también soy un ciudadano modélico, preocupado por la pulcritud y salubridad de los espacios urbanos: como tu, payaso, pero sin gorronear a los demás.
A ti, padre de familia que decidiste dejar de malgastar dinero en vicios perniciosos para invertirlo en el futuro de tus hijos, tampoco te doy. Has de saber que desde aquel lejano día en que supuestamente dejaste de fumar, presionado por tu mujer y la bruja de tu suegra, hasta estos críticos tiempos que atestiguan nuestra existencia, el gobierno ha subido los impuestos del tabaco un dos mil por cien. Pues a costa de nuestra debilidad por las volutas de humo pretende sustentar la Sanidad, las jubilaciones, las prestaciones de desempleo, las obras publicas y, por supuesto, los estudios universitarios de tu hijo. Asi que no solo tengo que pagar por cada cajetilla diez veces mas de lo que realmente cuesta para que el pequeño mamón que estas criando tenga la oportunidad de sacarse una carrera entre porro y porro y botellon y botellon, sino que ademas te la piensas fumar tu… Si, ¿no? ¿Te parece justo? ¡Anda y que te jodan, sanguijuela!
A ti, niñato imberbe que aun no has dado un palo al agua ni sabes lo que significa ganarse un sueldo con el sudor de la frente pero ya andas familiarizándote con las drogas, tampoco te voy a dar -por cierto, la misma desconsideración he tenido con el patán de tu padre-. Te entiendo: quieres afianzar tu personalidad haciendo las mismas cosas que nos ocupan a los adultos; lo cual te esta llevando a probar vicios de toda clase. Crees que gracias a eso te harás mayor y tendrás la oportunidad de mojar el churro con alguna niñata borracha e inconsciente. Pero no, amigo. No porque corren nuevos tiempos, y al contrario que hace unos años ya no hay curro en las obras de España para que las nuevas generaciones os costeéis parrandas y despilfarros juveniles. Cuando tengas cuarenta años y, con mucha fortuna, encuentres un puto puesto de trabajo, entonces podrás entregarte a hábitos que cuestan dinero. Mientras tanto, sigue complaciendote con el gratuito vicio de la masturbación compulsiva, mono de mierda, y no molestes a los demás.
A ti, estimado perroflauta que me pides un ‘piti’ con una familiaridad que no corresponde a nuestra condición de desconocidos, tampoco te voy a dar un cigarro. Y lo hago por motivos meramente éticos. Veras. Las tabacaleras son poderosisimas industrias pertenecientes a los judíos que controlan las finanzas del imperio yanqui. Son, supongo que lo sabes, los mismos perros sionistas que promueven la masacre del pueblo palestino. Se aseguran su clientela repartiendo caramelos de nicotina en la puerta de los colegios e introduciendo en el tabaco substancias cancerígenas y radiactivas que multiplican su adictividad. Tienen sus fabricas en el tercer mundo, donde solo trabajan niños que han quedado inválidos a causa de las minas vendidas por los países del primer mundo a las guerrillas que defienden sus intereses económicos. Lo mas sangrante de todo es que para agrandar sus plantaciones de tabaco, arrasan con miles de hectáreas de ecosistemas protegidos a lo largo y ancho de todo el planeta. Para que te hagas una idea, todos los años desaparecen veinte especies de koalas y otras siete de ositos panda por culpa de este infernal negocio capitalista. Asi que para preservar la coherencia social y vergüenza humana que no tienes, voy a guardar para mi el cigarro que me has pedido… Y espero que vuelvan a poner en vigor la Ley de Vagos y Maleantes para que te encierren eternamente en la trena, ¡parásito!
A ti, joven dama sonriente que me pides un cigarro con el persuasivo encanto del sexo débil, tampoco. Y no es por ti, sino por los hijos has de tener. Si, algún día sentirás la llamada de la maternidad, y yo, filantropo donde los haya, he de cuidar por la salud de tu descendencia. Porque aunque todos los estudios científicos al respecto han sido silenciados por la omnipotente industria tabacalera, se sabe que las substancias radiactivas que añaden al tabaco quedan escondidas en el hígado femenino y posteriormente, durante el embarazo, pasan a la sangre del feto, aumentando terriblemente las posibilidades de que tu futuro vástago termine enganchado a las pastis, la coca, el caballo, las anfetas, los hongos alucinógenos, los alcaloides presentes en la piel de algunos batracios, los vapores del pegamento industrial, las pelis porno, los programas del corazón, el bingo, la bonoloto y la primitiva… ¡Ah, se me olvidaba: y al tabaco también! Vamos, que el desgraciado se esnifaría hasta las cenizas del abuelo antes de cumplir los 18. Ya ves, seria la vergüenza de la familia ademas de un motivo recurrente para las habladurías de todo el vecindario. Luego guarda tu falsa simpatía y pídele un cigarro a otro. Y no me pongas esa expresión de contrariedad, que si algún día terminamos en la cama tal vez te ofrezca uno entre polvo y polvo.
Bueno, tampoco os toméis esto tan en serio. Tal vez mañana me levante con mejor pie y acceda daros un pitillo cuando coincidamos en la calle. O tal vez no. En fin, ¡que os follen!
No lo he escrito yo.
Hasta que la vida te pone en situaciones difíciles. Por ejemplo, cuando algún amigo o conocido te cuenta, con sudores en la frente, que esta dejando de fumar pero siente en la sangre la llamada de la nicotina; y, cual yonki enmonao, te pide un cigarro como quien suplica que le saques “este puñal que me lo he clavado en la espalda sin querer, compradre. ¡Quitamelo, por favor!”. Tu, hombre compasivo, le acercas uno sintiendo que das agua a un moribundo extraviado en el desierto… Y después el menda, ya perdida la vergüenza y aprovechándose con descaro de tu generosidad, te pide otro mas; supongo que para recuperar el tiempo perdido… Y después otro. Entonces, piensas: -¡Joder con el hijo de la gran puta este, lo esta dejando y resulta que fuma mas que yo!
Son momentos eticamente tensos, en los que el edificio humanístico que gobierna tu vida se tambalea peligrosamente.
Ademas de estas experiencias reveladoras, uno no puede obviar ciertas circunstancias socioeconomicas. Gracias a la puta crisis y al encarecimiento continuo del tabaco, el numero de personas que lo están dejando o simplemente olvidan pasar por el estanco cuando corresponde esta aumentado vertiginosamente. Así que en los 10 minutos que dura un cigarro en tu boca mientras paseas por la calle, te han pedido tabaco como doscientas veces. Basta que salgas dos o tres veces por ahí para caer en la cuenta de que la mitad de la cajetilla que compras no te las fumas tu, sino tus congéneres, a los que tanto amas. Es entonces cuando decide uno pasarse la ética kantiana por el forro de los cojones y adoptar una actitud, llamemosla, conservadora.
Asi que a ti, varón postmoderno y metrosexual, urbanita adscrito a la moda de los espacios sin humo, adorador de la asepsia, carne de gimnasio y cremas para hombres; a ti que has decidido dejarlo poco a poco -lo cual significa que ya no compras pero pides cuando puedes- para cuidar tu salud, no te doy un cigarro. Ciertamente: estoy fumando y en mi bolsillo se nota el bulto de un paquete de tabaco, pero esta vacío. Lo llevo ahí unicamente para tirarlo en la primera papelera que encuentre para así mantener las calles limpias. Porque yo también soy un ciudadano modélico, preocupado por la pulcritud y salubridad de los espacios urbanos: como tu, payaso, pero sin gorronear a los demás.
A ti, padre de familia que decidiste dejar de malgastar dinero en vicios perniciosos para invertirlo en el futuro de tus hijos, tampoco te doy. Has de saber que desde aquel lejano día en que supuestamente dejaste de fumar, presionado por tu mujer y la bruja de tu suegra, hasta estos críticos tiempos que atestiguan nuestra existencia, el gobierno ha subido los impuestos del tabaco un dos mil por cien. Pues a costa de nuestra debilidad por las volutas de humo pretende sustentar la Sanidad, las jubilaciones, las prestaciones de desempleo, las obras publicas y, por supuesto, los estudios universitarios de tu hijo. Asi que no solo tengo que pagar por cada cajetilla diez veces mas de lo que realmente cuesta para que el pequeño mamón que estas criando tenga la oportunidad de sacarse una carrera entre porro y porro y botellon y botellon, sino que ademas te la piensas fumar tu… Si, ¿no? ¿Te parece justo? ¡Anda y que te jodan, sanguijuela!
A ti, niñato imberbe que aun no has dado un palo al agua ni sabes lo que significa ganarse un sueldo con el sudor de la frente pero ya andas familiarizándote con las drogas, tampoco te voy a dar -por cierto, la misma desconsideración he tenido con el patán de tu padre-. Te entiendo: quieres afianzar tu personalidad haciendo las mismas cosas que nos ocupan a los adultos; lo cual te esta llevando a probar vicios de toda clase. Crees que gracias a eso te harás mayor y tendrás la oportunidad de mojar el churro con alguna niñata borracha e inconsciente. Pero no, amigo. No porque corren nuevos tiempos, y al contrario que hace unos años ya no hay curro en las obras de España para que las nuevas generaciones os costeéis parrandas y despilfarros juveniles. Cuando tengas cuarenta años y, con mucha fortuna, encuentres un puto puesto de trabajo, entonces podrás entregarte a hábitos que cuestan dinero. Mientras tanto, sigue complaciendote con el gratuito vicio de la masturbación compulsiva, mono de mierda, y no molestes a los demás.
A ti, estimado perroflauta que me pides un ‘piti’ con una familiaridad que no corresponde a nuestra condición de desconocidos, tampoco te voy a dar un cigarro. Y lo hago por motivos meramente éticos. Veras. Las tabacaleras son poderosisimas industrias pertenecientes a los judíos que controlan las finanzas del imperio yanqui. Son, supongo que lo sabes, los mismos perros sionistas que promueven la masacre del pueblo palestino. Se aseguran su clientela repartiendo caramelos de nicotina en la puerta de los colegios e introduciendo en el tabaco substancias cancerígenas y radiactivas que multiplican su adictividad. Tienen sus fabricas en el tercer mundo, donde solo trabajan niños que han quedado inválidos a causa de las minas vendidas por los países del primer mundo a las guerrillas que defienden sus intereses económicos. Lo mas sangrante de todo es que para agrandar sus plantaciones de tabaco, arrasan con miles de hectáreas de ecosistemas protegidos a lo largo y ancho de todo el planeta. Para que te hagas una idea, todos los años desaparecen veinte especies de koalas y otras siete de ositos panda por culpa de este infernal negocio capitalista. Asi que para preservar la coherencia social y vergüenza humana que no tienes, voy a guardar para mi el cigarro que me has pedido… Y espero que vuelvan a poner en vigor la Ley de Vagos y Maleantes para que te encierren eternamente en la trena, ¡parásito!
A ti, joven dama sonriente que me pides un cigarro con el persuasivo encanto del sexo débil, tampoco. Y no es por ti, sino por los hijos has de tener. Si, algún día sentirás la llamada de la maternidad, y yo, filantropo donde los haya, he de cuidar por la salud de tu descendencia. Porque aunque todos los estudios científicos al respecto han sido silenciados por la omnipotente industria tabacalera, se sabe que las substancias radiactivas que añaden al tabaco quedan escondidas en el hígado femenino y posteriormente, durante el embarazo, pasan a la sangre del feto, aumentando terriblemente las posibilidades de que tu futuro vástago termine enganchado a las pastis, la coca, el caballo, las anfetas, los hongos alucinógenos, los alcaloides presentes en la piel de algunos batracios, los vapores del pegamento industrial, las pelis porno, los programas del corazón, el bingo, la bonoloto y la primitiva… ¡Ah, se me olvidaba: y al tabaco también! Vamos, que el desgraciado se esnifaría hasta las cenizas del abuelo antes de cumplir los 18. Ya ves, seria la vergüenza de la familia ademas de un motivo recurrente para las habladurías de todo el vecindario. Luego guarda tu falsa simpatía y pídele un cigarro a otro. Y no me pongas esa expresión de contrariedad, que si algún día terminamos en la cama tal vez te ofrezca uno entre polvo y polvo.
Bueno, tampoco os toméis esto tan en serio. Tal vez mañana me levante con mejor pie y acceda daros un pitillo cuando coincidamos en la calle. O tal vez no. En fin, ¡que os follen!
No lo he escrito yo.
Última edición por borja el Jue Mar 03, 2011 10:23 pm, editado 1 vez en total.


